Universos

Algo del mío, un buen poco del nuestro, un toque del ajeno…

Cambios

Ha pasado poco menos de un mes de tiempo (debo consultarlo en un “log” que llevo, de otro modo no sé en qué día vivo) y me siento como si hubieran pasado por lo menos 10 años y hubiera cambiado de cuerpo y de país y de tiempo. Primero fueron los cambios de actividad, luego los cambios en mi propio universo: cómo me sentía, mis pensamiento, el idioma que hablaba la mayor parte del tiempo y en el que acabé pensando, la música que no escuchaba, adónde se había ido mi atención….. Ahora estoy en la etapa de cambios en el universo físico: mi casa se transforma cada día, mi ropa… el espacio que me rodea, las personas que la habitan. Mi percepción del tiempo, vista desde afuera, es una locura. No corresponde con “lo que es”. Es impresionante. Es como el verso aquél de Pablito que dice “Y me oyes desde lejos y mi voz no te toca….” Escribiendo ahora, me siento de esa manera, como en las pesadillas, cuando queremos gritar, pero ningun sonido, ninguna voz avanza hacia ningún lado. Sin embargo, no se trata esta vez de una pesadilla. Casi no duermo y estoy más despierta que nunca.

Sabía que sucedería, aunque el cómo ha sido toda una sorpresa.

No obstante —y no dejo de verificarlo de vez en cuando, por las dudas— sigo siendo yo.

Sol y luna

Son casi las seis. Camino de prisa sobre la arena húmeda, fresca. El sol está a punto de hundirse en el mar. Sólo se escucha el suave oleaje, allá cerca de la orilla. Cierro los ojos, desenrollo mi cuerpo sobre el agua salada y es como si volara sin mover las alas, sin más movimiento que el que me transporta en un vaivén casi imperceptible. Respiro la tibieza de la tarde, el perfume único de la sal, el silencio que me protege. A mi derecha, el sol se va disolviendo en reflejos y destellos sobre la superficie. La luz se amortigua con cada segundo. Abro los ojos. Allí está, colgada de un jirón de nube gris, luminosa y lejana, despierta, sola.

Cosas de los ‘60

Querida Charlotte: No creas que yo me enteré de demasiados acontecimientos de esos años que fueran más allá de mis narices, de mi familia o a lo sumo del colegio… era una niña.

Tenía una tía que era lo más parecido a lo que yo entendía que debía ser un hippie, unos 10 años mayor que yo, fan de Los Beatles, tocaba sus canciones en guitarra. La recuerdo claramente tocando “Yesterday”… Por ella conocí “el rock” o más bien supongo que el rock and roll…

Conocí a Salvador Allende en el 68 o 69. Andaba con mi padre en un mitin o algo así, no sé si ya se conocían o qué, el caso es que él se acercó a donde estábamos, lo saludó y a mí me dio un beso en la mejilla (en la izquierda, obviamente, jajaja!) Ese beso está guardado en una cajita especial entre los recuerdos más apreciados que tengo de esa época.

Me nacieron 3 de las cuatro hermanas que tengo, a mi pesar dejé de ser hija única poco antes de los 4 años. Naturalmente, cada una que llegaba era un acontecimiento en mi universo… no demasiado bueno en esos años, lo confieso, pero acontecimiento al fin. Al principio de la década, tenía muy pocos amigos, en realidad creo que sólo tenía una amiga, quizá dos. Ya en los últimos años tenía más, básicamente de entre mis compañeros de curso.

Me inicié en la actividad política a los 9 años. Con uno de mis amigos de infancia más queridos hacíamos volantes y banderines a mano para las elecciones de 1970, cuando salió electo Allende. Era un compañero de curso-amigo (todavía lo es), a quien considero una especie de compañero de camino de descubrimiento espiritual. Siempre fue un paso delante de mí, hasta que se fue del país en el 73 y no lo volví a ver hasta muchos años después. Es músico (guitarrista para variar), en los 70-80 dirigió una banda de rock (todavía se re-únen de vez en cuando) y me presentó a Richard Bach, a Lobsang Rampa, el budismo, a Rick Wakeman y a Led Zep, aportes absolutamente fundamentales para lo que sería mi formación futura. Ahora vive en París y tiene un bebé precioso.

Mi serie preferida en aquellos años era Batman. La veía en la casa de una amiga que era de las pocas con televisión. En los primeros años, lo que hacía era ir al teatro con mi mamá y escuchar programas infantiles por la radio. Probablemente sabes que tampoco existían computadoras, es decir no a nuestro alcance…. Una vez mi mamá me llevó a uno de estos programas de radio, a un concurso y recuerdo que gané unos premios, pero no me acuerdo de qué. Toda mi atención se concentraba en la presentadora, la “Tía Pin-pin-pin” que era mi heroína y mi adoración en ese entonces.

Dos meses y ocho días antes de mi noveno cumpleaños, tuvo lugar el acontecimiento más trascendental de la década para la Humanidad y yo creo que también para todos nosotros. La Misión del Apolo 11, que llevaba a bordo a mi Héroe número 1 del momento, el Comandante Neil Armstrong, con el objetivo de alunizar el Módulo Lunar y de que dos miembros de su tripulación caminaran por la superficie lunar. Recuerdo que, dada la escasez de televisores, nos juntamos 3 familias en casa de mi tío Ariel. Después de cenar nos fuimos a su casa, eran como las 9:30 de la noche… muy tarde para todos los niños. De mi familia fueron tres adultos, incluyendo a mi abuela, y 4 niñas, una de ellas una bebé de 4 meses. Todos los menores de 8 años fueron cayendo rendidos en los brazos de Morfeo antes del momento culminante. Se había arreglado la habitación de mis tíos y ahí estaban todos los primos y primas tirados, mientras “los mayores” conteníamos la respiración y tratábamos de entender qué diablos decían los astronautas. En esa época nadie hablaba inglés, pero igual nos lo imaginábamos. Fue uno de los eventos más emocionantes que he presenciado en esta vida. Yo recuerdo que temblaba de pies a cabeza y tenía el corazón a punto de salírseme por la boca…. fue algo de verdad increíble e inolvidable.

Algunos años después, mi abuelo se apareció con una gran caja y aún mayor expectación. Hubo un silencio mortal por varios minutos mientras él con ademanes de mago desempaquetaba… nuestro primer televisor. Un hermoso y pequeño Motorola, blanco y negro por supuesto. La era tecnológica había hecho su entrada triunfal en mi vida.

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Creo que esto, que comenzó siendo un comentario de respuesta a tu comentario-pregunta es material para varias entradas, si los demás integrantes del Círculo de ancianos de Sabios se animan. Para cuando esta entrada pierda “actualidad” (en mi blog, por supuesto), he habilitado un espacio especial para ello aquí. Gracias por preguntar. Besos sesentistas.

If on a winter’s night

Hoy llegó. En una horrible caja de cartón entre dos cojines de aire transparentes, llenos de etiquetas negras y advertencias alarmantes sobre la posibilidad de que los niños los muerdan, se los traguen, y sufran una muerte atroz por envenenamiento o asfixia o ambos. ¿?

Parece un pequeño libro de pastas duras. En la cubierta, la hermosa foto donde al escuchar con atención, se puede oir el susurro del viento que levanta su abrigo, el mismo que despojó una a una las hojas de los árboles que bordean el suave camino blanco.

Conocía, en otras versiones, cuatro de las dieciséis canciones que incluye. En algún momento del fin de semana leeré sus 8 o 10 páginas de historias y de behind the scenes y veré el DVD. Esta noche sólo dispongo de unos momentos para oír su hermosísima voz mientras escribo esta nota, ilusionada, como cualquier niña en una mañana de Reyes. Melchor cumplió su promesa y hasta se disculpó por los dos días de retraso. Yo no había retirado el arbolito esperando su llegada. Son las 2 de la mañana, el ícono de Weather Channel al pie de mi browser marca Cloudy and 0°… pero no en donde estoy. Aquí tengo 20°. Para mi cuerpo, es frío, soportable pero frío. Sopla la brisa del Norte y el atrapasueños tintinea suavemente desde mi habitación, llamándome. El sonido inmejorable del CD de Deutsche Grammophon se ha vuelto silencio. Algunos automóviles pasan por la avenida a mi derecha. Debo irme a la cama, los niños están de regreso a clases y tengo que levantarme en 4 horas, pero no quiero. Comienzo de nuevo la primera canción…. Según la información en las páginas interiores, suena una trompeta, pero es tan suave y tan dulce que parece de madera.

Hace dos días comencé el libro Broken Music y las primeras siete páginas que logré leer fueron una sorpresa casi al grado de shock. No diré nada más por ahora. Me quedaré durante un par de canciones más, disfrutando este pedacito de noche de invierno, sólo para mí.

You Only Cross My Mind In Winter
Música de J. S. Bach | Letra de Sting

Always this winter child,
December’s sun sits low against the sky
Cold light on frozen fields,
The cattle in their stable lowing.

When two walked this winter road,
Ten thousand miles seemed nothing to us then,
Now one walks with heavy tread
The space between their footsteps slowing

All day the snow did fall,
What’s left of the day is close drawn in,
I speak your name as if you’d answer me,
But the silence of the snow is deafening

How well do I recall our arguments,
Our logic owed no debts or recompense,
Philosophy and faith were ghosts
That we would chase until
The gates of heaven were broken

But something makes me turn, I don’t know,
To see another’s footsteps there in the snow,
I smile to myself and then I wonder why it is
You only cross my mind in winter

Tengo, vamos a ver…

Para estas fechas, muchas revistas, periódicos, programas de televisión y, como no, blogs, se esmeran en pasar balance al año del que ya no queda nada. Para mí, 2009 fue un año lleno, repleto, de días grises y días negros, muy negros. Sin embargo, lo bueno que trajo fue tanto y fue tan bueno que alcanza y sobra para afirmar, sin sombra de duda, que ha sido uno de los mejores años que me ha tocado vivir.

Lo mejor de 2009 fue haberme dado cuenta de repente de que ya estaba bueno, que me había pasado demasiado tiempo sin ponerme a hacer lo que hace mucho sé que tengo que hacer con mi vida, mi tiempo y mi esfuerzo. Porque a partir de entonces, “casualmente aparecieron” en mi vida dos seres clave. El primero fue algo así como un mensajero, una especie de Ángel de la Anunciación bostoniano, percusionista y aguerrido… El segundo, hace unas horas ha pasado la prueba como Maestro Jedi Vitalicio. Es el segundo de esta especie que me regala la vida. Se trata de alguien que es toda una celebridad, una especie de leyenda viviente y, a la vez, una mezcla muy particular de Kojak con Indiana Jones, Gandalf el Blanco y Obi Wan… Es emocionante y a la vez un reto inconmensurable para mí. Debo dar la talla, pero sé de que la daré, es una especie de garantía impresa en los genes espirituales de un verdadero Maestro.

Lo segundo mejor fueron los amigos. Sus respectivos universos parecen ser una fuente inagotable de razones para sonreír y reír, para admirar, para crear una y otra y otra vez y para querer más y más y más y más; para sentirme abrigada, acompañada, comprendida, útil y sobre todo, querida. Saber que están ahí aunque no los vea, saber que siempre vienen a verme, saber que tarde o temprano salen de sus escondites y se comunican, saber, en fin, que son mis amigos, es algo por lo que mucha gente mataría…. algo que no tiene precio.

Tengo, vamos a ver… tengo una amiga-gemela, fotógrafa, baronesa, taxonomista y bloguera. Tengo historias y correos, canciones de rock y pinturas, fotos, dibujos preciosos, tengo sueños compartidos con alguien de Cataluña.
Tengo una pareja hermosa, dentro de un triángulo inmenso de risas inacabables, cuentos, líos, coincidencias… y galletitas. Tengo miles de palabras, música, imágenes, luz, siempre que un vecino logra burlar la negrura. Tengo una hermana poeta que conversa con los muertos y que le escribe a la Vida y a lo infinito. Tengo otra hermana Sirena y no en el fondo del mar, una doctora-escritora, y otra poeta, además. Tengo un Chef, un Capitán, un caballero de espada y, la verdad sea dicha, un viejo galán. Como dice Nicolás Gillén: tengo, vamos a ver, tengo lo que tenía que tener.

¿Qué más se le podría pedir a un año que se va?

El invierno que nunca tuve

Pese a la apariencia, esta no es una entrada de música. Sucede que coincidió con la noticia del último disco de Sting (el cual ya he encargado a Santa y a los Reyes…) y que me pareció tan hermoso, extraño y perfecto para este post, que aquí está, ilustrándolo.

Yo nací en Santiago de Chile y viví en esa ciudad gris por 14 años. Como es de esperarse, allá la Navidad se celebra comenzando el verano. Luego vienen las vacaciones, con sus correspondientes “veraneos” familiares. Nada de esto impide, sin embargo, que El Viejo Pascuero llegue en la víspera de Navidad, montado en su trineo y vestido con su uniforme rojo, ni que los arbolitos se adornen con tibia nieve sintética. Las Navidades que abandoné, allá en el Sur, las he vivido desde entonces en latitudes tropicales, con la única excepción de una que pasé en Nueva York, hace muchos años.

Sin embargo, pareciera haber una orden misteriosa grabada en los genes de los hijos de Occidente que, sin importar la localización geográfica, relaciona la Navidad con el invierno y me da la impresión de que proviene de algo mucho más antiguo que los bombardeos publicitarios. Es posible que tenga que ver con el origen real de esta fiesta: la llegada del solsticio de invierno, es posible que se trate de algo más….

El caso es que cada año para estas fechas, algo dentro de mí añora profunda, y a veces desesperadamente, el perfume de los pinos en el aire húmedo del amanecer; el paisaje desolado de los árboles sin hojas; la fría suavidad de la nieve que se aproxima día a día, desde las cumbres más lejanas hasta llegar a cubrirlo todo a nuestro alrededor con ese silencio que oculta las pisadas de hombres y animales; el blanco y el negro por todas partes; la sensación única del calor de un hogar que nos espera para guarecernos de un frío tan intenso que nos hace temblar sin control, a la vez que paraliza todo otro movimiento; el fuego… el fuego que no sólo es luz y calor, que es danza y color y mil figuras que surgen y se deshacen al compás del crepitar de la leña y que respira nubes de chispas que florecen y se desvanecen en la oscuridad; el fuego en la montaña, en la soledad más honda; el fuego en la compañía más bullanguera, en la más amada, en la más ardiente; el fuego de la chimenea, de un hogar destartalado…. o de una hoguera en el corazón de un bosque, en un tiempo sepultado en la memoria. La nostalgia otra vez. La añoranza de lo que nunca vivimos. O tal vez sí.

Instrumentos

El primer instrumento al que amé con pasión fue el piano. La profesora de música, la Señorita Minerva, tenía uno en su casa, a veces yo iba de visita y la escuchaba tocar. Era la gloria. Al descubrirlo mi madre, comenzó a aprovisionarme de discos. El Concierto Número 1 de Tchaikovsky, las sonatas de Bethooven y Chopin, Chopin, Chopin, Chopin. Me moría por Chopin, sus polonesas y sus nocturnos… luego de haber llorado a mares la película Canción Inolvidable, habría dado cualquier cosa por viajar hacia atrás en el tiempo y encargarme de que Frédéric olvidara a ese monstruo de mujer que se hacía llamar George Sand. Yo tenía como 12 años.

Luego descubrí el barroco, y con él, los vientos. Aprendí a tocar la flauta dulce bastante más allá de las tontas canciones que nos habían enseñado en el colegio, como la de Los Banana Split… descubrí que con ella podía tocar cualquier cosa, de oído. Y tocaba mucho, desde canciones andinas para quena, hasta trovas medievales y más tarde, desde luego, la introducción de Stairway to Heaven de Led Zep. Cuando llegué a la Isla, a los 22 años, compré una flauta dulce contralto, preciosa, de madera de peral. Tenía un sonido grave maravilloso. Me acompañó por casi dos décadas hasta que tras unos meses de abandono por mi parte, no pudo soportarlo y sucumbió al ataque de las termitas.

Las cuerdas fueron enamorándome poco a poco. Primero fue la guitarra, en la secundaria. Aprendí lo básico y luego de un año de clases de guitarra clásica, decidí que mis manos no estaban hechas para esa tarea. Nunca logré hacer fluir nada más que esfuerzo rígido y sólido a través de mis dedos hacia las cuerdas. Con la flauta era otra cosa. Así que me olvidé de la guitarra por muchos años. Aprendí a amar profunda y sosegadamente los Conciertos para Violín, especialmente el de Bethooven y las piezas para Cello. Entonces sucedió que el rock comenzó a llenar cada espacio y cada minuto vacío a mi alrededor. La banda Yes fue la primera, continúa siéndolo y pienso que siempre lo será. Para mí, su música está más allá de cualquier cosa que pueda transmitirse a través de las palabras. Por eso, no hablo mucho sobre ellos y es muy difícil que llegue a escribir otra entrada sobre este grupo o sobre alguna de sus canciones. Admiro a quienes son capaces de hacerlo; yo me declaro, hasta nuevo aviso, incompetente.

En mi segunda década de vida, yo veía la música como un todo indivisible. Me admiraban los amigos que se sabían los nombres de cada integrante de cada banda, los instrumentos que tocaba cada uno y podían distinguir las diferentes versiones de cada canción. Muchos de ellos simplemente cerraban los ojos, separaban los instrumentos y podían escuchar sólo uno de ellos, a lo largo de toda una pieza. Esta era una habilidad de la que yo carecía por completo. Disfrutaba de la música, de las bandas y tenía una cantidad moderada de long plays, hasta ahí llegaba mi “instrucción”. Mentiría si dijera que jamás ví en aquella época un video de MTV. Pero no me gusta la televisión y nunca he pasado horas contemplándola. Cuando descubrí YouTube, todo cambió. Comencé a revisar uno por uno mis viejos discos, ahora con imágenes de conciertos y grabaciones en estudio. Internet me permitió aprender, sin gran esfuerzo por mi parte, la historia de cada uno, al tiempo que la escuchaba y podía verla. Aprendí a identificar los músicos en una banda, a través del tiempo, y me vi perfectamente capaz de hacer lo que mis amigos hacían, con apenas treinta años de retraso…. pero ¿qué son treinta años al fin y al cabo? ¡absolutamente nada!

Había visto la película en el cine, pero la primera vez que vi el video de Stairway to Heaven en YouTube…. casi me me muero de la impresión. Me pasé semanas viendo una y otra vez todos los videos habidos y por haber donde apareciera Jimmy Page. Bajé galerías enteras de fotos. Y canciones y más canciones. Me lo aprendí de memoria. Cada gesto, cada nota… ¡no podía creer todo lo que me había estado perdiendo! Lo que Mr. Page y su guitarra producen en mi universo no es indescriptible, pero es impublicable… Luego de ese descubrimiento fue que comprendí que por más hermosas o llenas de feeling que fueran las voces y los demás instrumentos en una banda, eran y siempre habían sido las guitarras, nada más, las que me transportaban a otros mundos en esa clase de música, desde los 15 años.

Hay una especie de consenso rígido, inmutable, de que Jimmy Hendrix fue el mejor guitarrista. Me gusta Jimmy Hendrix, pero por alguna razón no logro ir demasiado lejos con él. Pienso que la pregunta no es cuál es el mejor, sino cuál logra adentrarse y transmitirnos más… Los músicos que les he guardado para ilustrar esta entrada están en todos los rankings de los mejores entre los mejores. Para mí, ellos son los que encienden, apagan y cambian de intensidad y color todas las luces en las cuatro direcciones de mi universo.

La primera es el Este. Se le llama orden. Es, optimista, de corazón liviano, suave, persistente como una brisa constante.

La segunda es el Norte. Es llamada fuerza. Tiene muchos recursos, es brusca, directa, tenaz como el viento duro.

La tercera es el Oeste. Se le llama sentimiento. Es introspectiva, llena de remordimientos, astuta, taimada, como una ráfaga de viento frío.

La cuarta es el Sur. Se le llama crecimiento. Nutre, es bullanguera, tímida, animada como el viento caliente.

Carlos Castaneda, El Don del Águila


Steve Hackett, el Este.


Steve Howe, el Norte.


Jimmy Page, el Oeste.


Brian May, el Sur.


Wish you were here…

Faltan apenas unos días para que llegue 2010 y con él, el temido cambio de decena en mi edad…. Lo bueno es que no estoy sola en el cambio, varios integrantes del Círculo de Sabios, como nos bautizara nuestra querida Charlotte; además de la gran mayoría de mis amigos de infancia, que todavía conservo pese a la distancia, pasarán el próximo año por igual trauma. A pesar de las montañas de trabajo que medio me sepultan en estos días, cuando estoy sola, me siento nostálgica. Nostálgica de los sesenta, de los setenta…

May the Music be with us…. always.

Winter breeze

En verano no sopla ni una gota de brisa en la Isla…. pero cuando sopla, sálvese quien pueda, porque de nada se convierte en un huracán. Los meses de brisa son Diciembre y Enero… lo que debería ser invierno. De todas formas, no me quejo demasiado. Lo que para nosotros es invierno es el “summer” de los países nórdicos y australes. Todo lo anterior, para explicar el título e introducir una de mis canciones favoritas de toda la vida. Celebrando la nieve en los blogs y el próximo cambio de estación, los dejo con dos versiones, la original y…. la que escucho cada vez que puedo. ¡Es que es una maravilla! ¿Alguien con un par de oídos en su sitio podría NO estar de acuerdo?

La raíz del radicalismo

En estos tiempos de mediocridad y medias tintas disfrazadas de “concertación” y “democracia”, la sola palabra radicalismo suena desfasada, peligrosa y, desde luego, políticamente incorrecta. No sé qué podría decirse sobre el tema que él no haya dicho hace más de un siglo atrás. Quién sabe por dónde andará en el tiempo presente, qué nuevo cuerpo vestirá su universo infinito, por cuál nombre le llamarán sus amigos y le maldecirán sus enemigos, sobre qué teclado correrán sus dedos nuevos, veloces y decididos, en qué lengua discurrirá su pensamiento… Fue un gran poeta, pero yo me quedo con el libertador, sin pensarlo dos veces.

Los pueblos, como los hombres, no se curan del mal que les roe el hueso con menjurjes de última hora, ni con parches que les muden el color de la piel. A la sangre hay que ir, para que se cure la llaga. No hay que estar al remedio de un instante, que pasa con él, y deja viva y más sedienta la enfermedad. O se mete la mano en lo verdadero, y se le quema al hueso el mal, o es la cura impotente, que apenas remienda el dolor de un día, y luego deja suelta la desesperación. No ha de irse mirando como vengan a las consecuencias del problema, y fiar la vida, como un eunuco, al vaivén del azar: hombre es el que le sale al frente al problema, y no deja que otros le ganen el suelo en que ha de vivir y la libertad de que ha de aprovechar.

Hombre es quien estudia las raíces de las cosas. Lo otro es rebaño, que se pasa la vida pastando ricamente y balándoles a las novias, y a la hora del viento sale perdido por la polvareda, con el sombrero de alas pulidas al cogote y los puños galanes a los tobillos, y mueren revueltos en la tempestad. Lo otro es como el hospicio de la vida, que van perennemente por el mundo con chichonera y andadores. Se busca el origen del mal: y se va derecho a él, con la fuerza del hombre capaz de morir por el hombre.

Los egoístas no saben de esa luz, ni reconocen en los demás el fuego que falta en ellos, ni en la virtud ajena sienten más que ira, porque descubre su timidez y avergüenza su comodidad. Los egoístas, frente a su vaso de vino y panal, se burlan, como de gente loca o de poco más o menos, como de atrevidos que les vienen a revolver el vaso, de los que, en aquel instante tal vez, se juran a la redención de su alma ruin, al pie de un héroe que muere, a pocos pasos del panal y el vino, de las heridas que recibió por defender la patria. Esto es así: unos mueren, mueren en suprema agonía, por dar vergüenza al olvidadizo y casa propia a esos mendigos más o menos dorados, y otros, mirándose el oro, se ríen de los que mueren por ellos. ¡Es cosa, si no fuera por la piedad, de ensartarlos en un asador, y llevarlos, abanicándose el rostro indiferente, a ver morir, de rodillas, al héroe de oro puro e imperecedero, que expira, resplandeciente de honra, por dar casa segura y mejilla limpia a los que se mofan de él, a los que compadrean y parten el licor y la mesa, con sus matadores, a los que se esconden la mano en el bolsillo, cuando pasa el hambre de su patria, y riegan de ella, entre zetas y jotas, el oro del placer! [...]

Si a la isla se mira, el dejarla ir, bajo el gobierno que la acaba, entre quiebras y suicidios, entre robos y cohechos, entre gabelas y solicitudes, entre saludos y temblores, podrá parecer empleo propio de la vida, y cómodo espectáculo, a quien no sienta afligido su corazón por cuanto afee o envilezca a los que nacieron en el suelo donde abrió los ojos a los deberes y luz de la humanidad. Cuanto reduce al hombre, reduce a quien sea hombre. Y llega a los calcañales la amargura, y es náusea el universo, cuando vemos podrido en vida a un compatriota nuestro, cuando vemos, hombre por hombre, en peligro de podredumbre a nuestra patria. [...]

A la raíz va el hombre verdadero. Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo. Ni hombre, quien no ayude a la seguridad y dicha de los demás hombres.

José Martí. A la Raíz (Fragmentos). En Patria, Nueva York, 26 de agosto de 1893.

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